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Carlos A. Loprete Ensayos Cortos

MILLONARIOS DEL MUNDO, UNÍOS

MILLONARIOS DEL MUNDO, UNÍOS

 

     Hoy al despertarme sentí pasos frente a la puerta de mi departamento y me acerqué para averiguar si alguien deseaba hablar conmigo. Encontré un sobre que alguien había deslizado subrepticiamente por el piso y decía en su cubierta: “Millonarios del mundo, uníos”, sin firma. Era una carta cuyo contenido es tan sorpresivo, que no vacilo en transcribirla.

   “Hermanos del mundo, una confabulación siniestra trata de apoderarse de nuestros bienes y debemos reaccionar sin pérdida de tiempo. No sé a cuánto asciende su fortuna, pero la mía asciende a los moderados límites de dos millones de dólares, otros dos en euros, un yate en una marina de Miami, dos automóviles deportivos europeos en la Argentina, 88 mexicanos de oro depositados en una cuenta numerada en Suiza, una residencia veraniega en los Alpes y otra para invierno en las Baleares, y un seguro de vida por 2.500.000 dólares en una compañía de Luxemburgo. Los he reunido a costa de sacrificios durante muchos años y alguna que otra afortunada inversión financiera, sin dañar ni robar a nadie. ¿Qué hemos hecho usted, yo y otros mortales para que los pobres quieran apoderarse de nuestra propiedad?

     Si tuviera que repartirlos forzadamente entre los 3.000.000 de pobres del mundo, no creo que le toque a cada uno más de unos centavos. No es culpa mía que en el mundo unos humanos tengan más dinero que otros, yo no soy el responsable de esta distribución y por lo tanto no es justo que nadie pretenda quedarse con parte de lo mío. Ni siquiera se transformarían en ricos felices quitándoles sus fortunas a Rothschild, Vanderblit, Morgan, Rockefeller, Bill Gates y algunos otros. No sería suficiente dinero para darles una casa, alimento, estudios, asistencia médica y vacaciones a quienes no los tienen todavía.     

     La Madre Teresa de Calcuta nos legó su pensamiento de que lo que más necesitan los pobres y los enfermos no es dinero, ni techo, ni alimentos, sino el tesoro de saberse amados por los demás. Y yo francamente los amo aunque no haga demostraciones ostentosas. Ningún daño me han hecho a mí los pobres, ni yo nada ellos. Estamos a mano, con la diferencia de que yo tengo algunos bienes y ellos ninguna. Según tengo entendido, ser rico no es un pecado, porque  en ese caso no habría ricos en el Paraíso. Jesucristo no nos mandó ser pobres, aunque él vivió entre ellos. Cuando se refirió en las bienaventuranzas a los pobres se refería a los “pobres de espíritu” y no a los pobres de dinero. Si bien no soy un experto en materia de religiones, entiendo que en ellas la pobreza de dinero no es tema de sus preocupaciones, porque su objeto es la reunión del hombre con la divinidad después de la muerte, y no la cuenta en los bancos. Tampoco creo que a la puerta de la eternidad haya un contador revisando una copia de las cuentas bancarias.

     Tampoco me resisto a transmitir mi experiencia en la adquisición de riqueza a los pobres. Ésa será mi colaboración y mi demostración de amor. Algunos pensarán que es una meta difícil de lograr, pero no es así. La cuestión es reunir al principio la suma de 950.000 dólares y los restantes 50.000 hasta ser millonario vendrán automáticamente.

    Pero existe otra fórmula más sencilla y respetable todavía que consiste en casarse con una millonaria. El único trabajo requerido es hacerle creer a ella que usted la ama, obstáculo que se sortea si el hombre es ya millonario y desea cambiar moneda por belleza.

     Un filósofo de extravagante comportamiento como Bertrand Russell tuvo sus fórmulas propias para conquistar la felicidad. Dijo poco de la riqueza y no la fustigó. La incluyó naturalmente en un conocido párrafo: “El hombre feliz es el que vive objetivamente, el que tiene afectos libres y se interesa en cosas de importancia, el que asegura su felicidad gracias a esos afectos e intereses…” (La conquista de la felicidad, cap. XVII). Con esto está todo dicho, y mucho más todavía si se junta esta idea con la pareja de que no hay razón alguna para creerse pecador: “Un hombre de buena constitución  que hereda una fortuna considerable, goza de buena salud y tiene gustos sencillos, puede llevar una vida deliciosa y asombrarse de que se hable tanto acerca de esto. 

     A partir de estas menciones expresas puede el lector escoger entre un espectro de opciones, acompañar el pobre y al enfermo y hacerlo gozar de nuestra compañía, juntar los primeros 950 millones de dólares y dejar que los demás vengan solos por su cuenta, casarse con una mujer o un hombre rico, o despreocuparse de los pobres, no sentirse culpable por la riqueza y aprovecharse de ella si se la tiene.                                                                                                                                                                                     

     Confío en que a esta altura del artículo, el lector se habrá dado cuenta de que el título de este ensayo es festivo y paródico, y no propongo la constitución de ninguna sociedad mundial de millonarios.

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