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Carlos A. Loprete Ensayos Cortos

DISCRIMINACIÓN SENSORIAL

DISCRIMINACIÓN SENSORIAL

 

     En otro lugar tengo dicho que es urgente la creación de una nueva ciencia que se ocupe del fenómeno contemporáneo de la discriminación debido a que los jueces carecen de fundamentos para aplicar la ley en ciertos casos. En la ciudad de Mendoza se presentó un enano acusando a un director técnico de básquetbol por negarse a tomarle una prueba para integrar el equipo representativo de la provincia. Un beodo de San Juan solicitó amparo ante la justicia contra el propietario de un restaurante que se negó a  servirle alcohol en esas condiciones. Y en otro caso un estudiante calificado con siete puntos en una prueba, acusó al profesor de haberlo discriminado negándole el acceso a un diez.

     El asunto se presta a toda clase de interpretaciones, a partir del principio aceptado de que “discriminar es dar un trato de inferioridad a una persona o colectividad por motivos raciales, religiosos, políticos, etc.” En este etc. radica el origen de asunto. Los otros tres casos no admiten mayormente confusión: negar a un africano el derecho a ingresar a una universidad estatal es discriminación racial, no permitir el ingreso de un judío a un club social abierto es discriminación religiosa, impedir el ejercicio del voto a un adversario con algún pretexto cualquiera es discriminación política. Pero ¿es discriminación no admitir a un terrorista en una organización pacifista? ¿Es discriminación no permitir a un inválido sumergirse en un natatorio?

     Aparte de los tres casos mencionados, hay también una discriminación sensorial, quiero decir que se ha instalado sobre la base de los órganos de los sentidos, la vista, el oído, el tacto, el gusto y el olfato. Una pizpireta quinceañera increpó al camarero de un salón de fiesta: “¿Por qué no me mira usted, siendo como soy hermosa? Usted es un discriminador visual.”, y lo demandó ante el propietario del local, quien se vio forzado a despedir al involucrado por temor a una demanda judicial.

     En un concierto musical la cantante puso el grito en el cielo alegando que un asistente se había dormido a propósito para no escucharla, y amenazó con iniciarle un juicio por discriminación auditiva., sin considerar que el imputado era sordo. Más litigioso fue el caso de una comadrona de barrio que acusó a un vecino de no querer darle la mano en un festejo popular y lo demandó por discriminación táctil. El juez interviniente ha dado a la policía orden de captura contra el acusado.

      De discriminación gustativa también se han registrado casos aunque en menor cantidad. El más notorio es el de un árabe que rechazó fumar en  la pipa común o narguile por temor a una infección bucal. “Yo no invito a ninguna persona con piorrea” –dijo fastidiado el anfitrión- y lo demandó ante el juez.

    La discriminación olfativa es la más vergonzante de aplicar y la más difícil de probar porque el juez tendría que olfatear al incriminado para dictar sentencia, tarea poco agradable de por sí, con el agravante que la ciencia no tiene precisado qué olores son agradables y cuáles desagradables. Un caso anterior está aún pendiente de dictamen porque el magistrado se resiste a oler al acusador, muy sucio de apariencia.  

     De ninguna manera me opongo yo al avance de los derechos humanos, pero no miento si digo que estoy espiritual e intelectualmente preparado para enterarme de un individuo que reclame una discriminación por los cinco sentidos juntos. ¿Qué dictaminarían los tribunales si el demandante fuera  un exhibicionista sexual (visual), hediondo (olfativo), tartamudo (auditivo), baboso (gustativo) y llagado (táctil)? Ni los quince jueces  del Tribunal Internacional de Justicia de La Haya podrían decidirlo.

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