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Carlos A. Loprete Ensayos Cortos

GAUDEAMUS IGITUR

GAUDEAMUS IGITUR

 

     Hay personas que tienen la perniciosa costumbre de creer que todo lo que está escrito en latín es verdad. Entre ellas se encuentran quienes repiten sin entender aquello de Gaudeamus igitur, como si fueran palabras bíblicas. La traducción castellana  más conocida es “Alegrémonos pues” y la inglesa “While we’re young, let’us  rejoice:” El argumento justificatorio es que lo hagamos ahora mientras somos jóvenes, porque después de la incómoda vejez que nos espera, nos cubrirá la tierra.

    Si hipotéticamente cada uno de los que cantara este himno se pusiera a analizarlo, es posible que pusiera punto en boca y se fuera a dormir a su casa. Mi función en esta sociedad no es entristecer a los alegres ni desanimar a los latinistas, pero adolezco de la dañina costumbre de entrometerme en el desbarajuste de las palabras para descubrir alguna novedad. No veo en esta manía nada objetable, como tampoco la veo en los que   coleccionan mariposas, recopilan sellos postales o se dedican a observar los pájaros.

     El caso es que es que los versos del Gaudeamus no sólo me confunden a mí, sino también a los estudiosos de la cultura. La interpretación de los versos es tan variada que  se termina por no saber si deben ser cantados en las fiestas universitarias solemnes o en las francachelas picarescas estudiantiles.

     Aclaremos un poco la cuestión. En primer lugar, esos versos en latín no provienen  de la antigüedad clásica de Horacio y Virgilio, sino del latín medieval de los goliardos o estudiantes desenfadados que aprovechaban las festividades para burlarse de la gente, decir groserías  e incitar a las borracheras y, en particular, a la promiscuidad sexual. Como no soy predicador del diablo, limitaré mi información a una sola estrofa:

 

                                            

                     Vivant omnes virgenes, faciles, formosae,

                      vivant et mulieres,

                      tenerae, amabiles,

                      bonae, laboriosae.

 

     Para quienes pertenecen al orbe lingüístico de la romanidad, no hace falta mucha traducción porque puede inferirse fácilmente: vivan todas las mujeres, las fáciles y hermosas, y vivan también  las tiernas, las amables, las buenas y las trabajadoras.                       

     Presumo que en cada universidad los estudiantes agregarían sus propias preferencias locales, puesto que en las varias versiones disponibles, se vivaban también otras alegrías más decorosas, la universidad, los profesores, los estudiantes, los antiguos compañeros, la sociedad, la república, al tiempo que se pedía la muerte para los que odian, para el diablo y su hueste de demonios, para la tristeza.

     La conclusión es muy sencilla, precaución en las tentaciones y sensatez en las decisiones: beber sin emborracharse; comer sin hartarse; buscar la compañera digna de uno, y si no se encuentra, quedarse soltero, que al fin de cuentas no es tan malo; la mujer, tener su hijo, y si no puede, adoptar un huérfano, un abandonado, un necesitado;  tomar del día de hoy la felicidad que nos ofrezca, porque de mañana no tenemos ninguna seguridad. Gozarla sin preocuparse y sin sentimiento de culpa.

     Ésta opción entre hoy y mañana, proviene de larga data, y probablemente siempre será así. En abono de mi tesis, me apoyo en el poeta Gonzalo de Berceo, del siglo XII-XIII: que esta prosa en el lenguaje que el pueblo habla con su vecino,

 

     bien valdrá, como creo, un vaso de bon vino.                                         

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