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Carlos A. Loprete Ensayos Cortos

TESTAMENTO DE UN SUICIDA

TESTAMENTO DE UN SUICIDA

    

       Mientras tomaba el desayuno por la mañana, sentí unos pasos frente a la puerta de mi departamento. Fui a la entrada para averiguar el origen de los ruidos y encontré en  el piso un sobre con una carta adentro. La leí y con sorpresa comprobé que se trataba de la carta de un suicida desconocido parapetado detrás del anonimato. Según la firma al pie se llamaría “Estúpido a Tiempo Completo”, nombre suficientemente sugestivo como para no postergar la lectura. La transcribo sin modificar ni una coma en beneficio de la verdad, no sea que me esté espiando desde la eternidad y me contagie la idea de descarnarme en fantasma.

    

          “Al señor juez  de turno:

    

         En primer lugar confieso que he decidido por mi propia voluntad, sin involucrar a persona alguna, mi retiro de esta vida. Tomo esta decisión en pleno uso de mis facultades mentales, desilusionado del mundo que me ha tocado vivir. Si alguien piensa que el contenido de estas líneas tiene una enseñanza útil para otro individuo, puede utilizarlo sin titubear porque no pienso reclamar derechos de autor.

    

        En vida fui vago y haragán, descreído de todo y de todos, resuelto a superar por mi propio esfuerzo los obstáculos de vivir. Cuando me preguntaban cómo estaba, respondía “como me dejan”, porque había llegado a la conclusión que siempre había por encima de mí gobernantes y autoridades que fijaban los límites de mi actividad. Pero podían impedirme cualquier cosa, no mi muerte. Entre ellos y yo no mediaba más que un disparo de pistola. Tengo plena conciencia de que nadie llorará por mí y eso no me espanta, porque a ellos tampoco los llorará nadie, y si alguien simula hacerlo, sus lágrimas serán lágrimas de cocodrilo.

    

        Me enrolé en un círculo de la Nueva Espiritualidad, engañado por un rubiecito de ojos azules que hablaba muy bien el inglés. Me convenció de que los sermones y doctrinas de curas y pastores son un engaño y que cuando tuviera una duda sobre mi porvenir consultara a los astrólogos, a los cristales y los péndulos, a las cartas del tarot marsellés  o a una médium del espiritismo, nombre que se ha modernizado en el de “canalización.” Ahora me doy cuenta de que había estado engañado. Intenté una inversión en dólares cuando me lo indicaron y perdí el dinero. Probé encontrar una compañera para el resto de mi vida y me resultó una adúltera cualquiera. Concurrí a un curso de relajación inspiracional mediante el uso de harpas, flautas y masajes cuando estuve angustiado y salí como entré. Los gurúes se justificaron diciendo que el estado de espiritualidad  profunda se logra después de cuatro años y yo no había cumplido el tiempo requerido. Tampoco me sirvieron la iridiología, la terapéutica del toque, las flores de Bach ni otros métodos naturalísticos para curarme la culebrilla que me apareció en el abdomen. La cifra que me aconsejaron los numerólogos para ganar a la lotería no salió premiada nunca. 

   

         Todas las malas suertes parecían haberse conjurado contra mí. La prometida “conexión espiritual” entre uno y la conciencia del planeta no entró jamás en mí. Cada día me sentía más abandonado. Probé entonces encontrar una explicación a mis desgracias en la teoría de las razas atraído por la posibilidad de que estas cosas me sucedieran a mí por ser latino, y casi me convenzo de que efectivamente estamos condenados a ser inferiores. Me salvó un  vecino bajito, calvo y gangoso, con unos anteojos gruesos como un  vidrio antibalas, quien entre sonrisas irónicas me hizo comprender que era una teoría inventada por los poderosos para que aceptáramos con resignación su dominio.

    

         Desengañado, hice una prueba final, arreglármelas solo y atenerme a las consecuencias sin contar con los demás. No hay una verdad –pensé-, cada cual tiene la suya. Me volví supersticioso y fue peor. Me rompí una pierna al bajarme de la cama con el pie izquierdo, una escalera me cayó sobre la columna al pasar debajo de ella, al arrojar sal por encima de los hombros enfurecí a mi perro compañero de años que huyó de casa y no volvió más, una vez que fui al santuario del Gauchito Cruz a llevarle una ofrenda me asaltaron unos ladrones y me quitaron hasta la ropa, y otra,  al romperse el espejo mientras me peinaba, me espantó la idea de que mi muerte estaba próxima.

   

       Nunca más pude librarme de este miedo, y por eso he tomado la determinación de eliminarme. Muero sin odiar a nadie y perdono a quienes me han hecho daño.”

   

       Hasta aquí el texto del suicida. Me pregunto: ¿era eso suficiente para suicidarse? A casi todos nos pasa lo mismo. A mí también y aquí me tiene escriendo.

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                               

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2 comentarios

rene -

bonito onno!!!
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nestor -

muy buen cuento, le aconsejo eviar sus trabajos a la: lbreriamediatica@gmail.com; correo del programa homonimo que se transmite por radio nacional de venezuela y venezolana de television, los mismos, cuentan con progamas de concursos. exitos
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