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Carlos A. Loprete Ensayos Cortos

EL FIN DEL MUNDO

EL FIN DEL MUNDO

 

 

     Comienzo por aclarar que éste no es tema para ancianos de más de ochenta años, pues en el caso de que vivieran hasta los ciento veinte como los longevos de Uzbekistán, muy probablemente  no los alcanzaría el cataclismo. Y tampoco lo es para los incrédulos que necesitan ver para creer, porque si lo vieran ya sería tarde para convencerse.

     Hace unos 65 millones de años desaparecieron de la superficie terrestre los gigantescos dinosaurios, según afirman los paleontólogos, sin que hasta ahora la más rigurosa ciencia haya podido ofrecer una explicación suficiente. Podrían haberse extinguido por cambios atmosféricos no precisados, aumento del calor solar, glaciación de los continentes, nubes de gases tóxicos, envenenamiento de las aguas, agotamiento de los alimentos disponibles, o incluso por el impacto de meteoritos que la meticulosidad de algún investigador ha llegado a suponer que ocurrió en la región de Yucatán, México. 

     Consecuentes con nuestra naturaleza displicente,  las advertencias de los ecologistas  nos tienen por el momento sin cuidado. Ocurrírseles que un día pueda faltarnos agua incontaminada para beber o que muramos achicharrados  por el recalentamiento de la atmósfera, podría hipotéticamente ocurrir, pero de todos modos sería un asunto de las futuras generaciones.  Para completar este panorama tétrico, han aparecido en nuestros días los astrofísicos para quitarnos la paz interior. Sostienen que el universo se formó hace unos 15.000 millones de años por la explosión inicial de una especie de átomo primigenio cuya materia comenzó a expandirse y enfriarse constituyendo los astros y demás cuerpos estelares. Con el transcurso del tiempo se iniciaría un ciclo de contracción hasta reducirse el universo a un átomo de retorno, con lo cual tendríamos que despedirnos de nuestro mundo.

     Para nuestra tranquilidad, si eso tiene que ocurrir, que ocurra no más. Ni yo, ni mis hijos ni mis contemporáneos lo  veremos. A fuer de sincero, debo decir que no tengo argumentos ni a favor ni en contra. No se puede descreer, irresponsablemente de los hombres de ciencia.  Son personas dignas de nuestro mayor respeto, honorables, aunque a  cada momento modifican sus teorías con nuevas investigaciones y uno se queda al final sin saber dónde está la verdad.

     Yo pienso que el mundo –no el universo-, nuestra tierra, el planeta que habitamos, perecerá algún día por fuego, o sea que se extinguirá en un gran incendio. Me lo imagino así. Un buen día –no podría precisar cuándo-, un brujo indígena hará fuego en un claro de la selva de Mato Grosso (Brasil) haciendo girar entre sus manos un palo de madera dura contra una base de madera blanda y producirá una llamita primero y una fogata después para la danza religiosa de la tribu. Después de cuatro o cinco horas de saltos, alaridos y súplicas a los dioses, los salvajes se entregarán al beberaje hasta caer beodos y rendidos en el suelo. Dormirán, el fuego se propagará a las chozas y de allí de árbol en árbol, de pueblo en pueblo, de continente en continente, hasta abrasar todo el planeta. Esta vez la calamidad será provocada por el hombre y no por la naturaleza, y

en ella morirán sin excepción justos y pecadores.

     No podría explicar de qué modo vino a parar a mi mente esta idea. Si la hubiera soñado no me sorprendería ya que los sueños son caprichosos. Pero no la soñé. Se me ocurrió sin más ni más. Por casualidad llegó a mis manos un texto de mitología guaraní escrito por un erudito alemán, E. Schrader, que desarrollaba una teoría que coincidía casi exactamente con la mía. Ambos habíamos pensado en la destrucción de la tierra por fuego. Nos diferenciaba sin embargo un importante detalle: él era un erudito famoso y  yo un afiebrado lector sin sistema, como si dijéramos un lector anónimo sin antecedentes científicos, un empecinado y antojadizo razonador.

      Comencé entonces con obsesión enfermiza a buscar en catálogos, bibliografías, museos y bibliotecas material de lectura, hasta toparme con un nombre, Curt Nimuendaju, que había publicado un artículo en la Zeitschrif  für Etnologie en 1904 acerca de sus investigaciones sobre los mitos guaraníes. Según me leyó un traductor amigo, ciertas tribus de esa raza viven en una angustia generalizada desde hace más de cien años, y puesto que no han podido localizar el Paraíso terrestre, elevan sus plegarias a los dioses con estas palabras: “¡Padre, haz que esto acabe!”

     Para mí resultaba inconcebible que un pueblo llegara a tal grado de aflicción que clamara por el fin del mundo. Reflexioné que tal vez esos salvajes habrían llevado una vida tan degradante que fuera insoportable.  No pudiendo purificarla, sólo les quedaba la destrucción total como última esperanza.

     Ya he dicho que no soy un hombre de ciencia. Con todo, no renuncio a mi derecho a pensar por cuenta propia. Se me ha ocurrido reflexionar que si todos los seres humanos hemos de morir alguna vez ¿qué más da morir junto con todos en una catástrofe universal que morir solo en un lecho? La muerte, la auténtica muerte, la única posible, es siempre personal, hablando en términos humanos. Así ha sido y así será siempre, para todos los que vivimos todavía y también para los que están esperando nacer. Solos o acompañados, nadie muere por otro.

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1 comentario

Jordan 6 -

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