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Carlos A. Loprete Ensayos Cortos

DESENTERRAR AL SOLDADO DESCONOCIDO

DESENTERRAR AL SOLDADO DESCONOCIDO

  

     A fuerza de escuchar por radio o ver en la televisión los millones de notas sobre  los millones de temas difundidos, cierto quídam francés, ilusionado por la libertad de expresión concedida por los derechos humanos, creyó llegada la oportunidad de ejercitarlos y sacar a relucir su pensamiento. Su interés no era en modo alguno el filosófico de saber quién era él, de dónde venía y hacia dónde marchaba, y muchísimo menos el teológico de demostrar la existencia del Creador. Si bien no era corto de vista, no veía que a los cerdos no se les ofrecen margaritas ni tampoco mamaderas a los leones. Era lo que los italianos denominan un uomo qualunque, un hombre cualquiera.

     Ahora que era libre, no por voluntad providencial de Dios sino por decisión política de las Naciones Unidas en su Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948) y la Convención  Americana sobre Derechos Humanos (1978), puso en práctica el art. 18 del documento de las Naciones Unidas por el cual “toda persona tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión.” Siendo así las cosas, sintió que tenía derecho a opinar sobre una duda que lo aquejaba desde niño, y era ver los restos del Soldado Desconocido enterrado en París.

     Recurrió entonces al gobierno francés para que lo informara sobre el particular, reforzando además su demanda en el art. 27 que le garantizaba el “derecho a tomar parte libremente en la vida cultural de la comunidad.” Presentó una solicitud en tal sentido al presidente de Francia, sin recibir respuesta. Pasado un mes, la repitió al ministro de cultura, quien se la pasó a su secretario para que diera turno al pedido, que resultó ser el 27.894, cuatro meses, una semana y tres días en adelante. Cumplido el plazo, el funcionario lo recibió y le requirió para dar curso al pedido el documento de ciudadanía del país, certificado de vacunación antivariólica, licencia para conducir automóviles, cartilla de desinfección mensual de su vivienda, testimonio de pago de sus impuestos y autorización de residencia en el país, en caso de que fuera argelino. Cuatro meses le insumió el citado hombre libre para obtenerlos hasta que por fin fue recibido por un empleado del ministerio.

 -¿Y cuál es su petición, señor ciudadano?

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