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Carlos A. Loprete Ensayos Cortos

EL ESCRITOR

EL ESCRITOR

   Dice que quizás ha logrado escribir unas pocas páginas válidas, que ya no son de él sino del mundo del lenguaje. Sostiene  que los dioses no le han conferido el beneficio de la expresión, permitiéndole en cambio alguna que otra vez la mera alusión. Protesta que no escribe para el público y que lo hace únicamente para sus amigos y para mitigar la angustia del tiempo, esa especie torturante de alucinación sin sentido dentro de la cual vivimos. Cree que el universo es un inextricable  laberinto donde la vida se repite infinitamente, de modo que cada uno es él mismo en persona más que el otro universal que carga adentro.

      Pese a los milenarios afanes de los filósofos por desentrañar la clave de la existencia, duda de que todo eso tenga un sentido comprensible, por lo menos por ahora. Se acusa de haber consagrado sus años más a leer y redactar que a vivir, quitándole vida a su vida. Declara que le gustan los relojes de arena, los primores tipográficos, los mapas antiguos, los tigres, las espadas y los juegos mentales con el tiempo y el infinito.

      Desconoce el valor que tengan sus libros, pero se complace en que sus temas sean variados. Reclama el perdón de los colegas si la casualidad lo ha llevado a encontrar un verso feliz, usurpándoles descortésmente la primacía del hallazgo.

      Tamaño ingenio que tenía resultar insoportable para la capacidad humana habitual de envidia. Era previsible entonces (no justo), que los mezquinos simularan desconfiar de esas desacostumbradas confesiones y las declararan falsedades.

     Fue necesario que muriera para que llegara la compensación. Le negaron el premio en vida pero no pudieron hacerlo una vez muerto.

     No le faltó vida a su vida, le sobró.

    

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