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Carlos A. Loprete Ensayos Cortos

HIELO QUICHUA

HIELO QUICHUA

     Quienes opinan que la globalización de la cultura ha triunfado ya en todo el mundo tendrán que aceptar en algún momento que están equivocados y que esa edad de oro está todavía a cientos de años de su éxito final, si es que eso sucede. Yo no me incorporaré con mi opinión a este debate, y cómo contribución a este asunto, me reduciré a relatar una humilde historia.

     “Bueno, le voy a contar un caso, a mí me contaron”, empieza el texto original  recogido por un renombrado quichuista norteño. Cierto día, a fines del siglo pasado, un vecino del pueblo trajo una vasija de vino y un pedazo de hielo envuelto en retazos de tela. Invitó a varios amigos a comer un asado criollo y hacerles probar el hielo. Puso el trozo de hielo en la vasija y lo sirvió con la carne. Al terminar la comida llamó a su sirvienta y le ordenó guardar en un plato el vino con el hielo sobrante. 

- Vaya y guarde para otra vez.

     La doméstica, servicial y obediente, llevó el plato y lo ocultó en el suelo debajo de unas matas cercanas.

     Al día siguiente, el vecino recibió nuevamente a los amigos para terminar de consumir el vino guardado. Llamó a su sirvienta y le ordenó:

- Traiga lo que le hice guardar ayer.   

     La doméstica fue a las matas y encontró el plato pero sin el hielo. Volvió asustada hasta su patrón y sintiéndose culpable de la desaparición, le explicó:

     - Disculpe, don, debe de haber comido el gato eso que me hizo guardar. 

     De ese sucedido deben de haber pasado unos veinte años más o menos. ¿Cuántos cree el lector que deberán pasar todavía?

PSICOANÁLISIS DE UN FANTASMA

PSICOANÁLISIS DE UN FANTASMA

En mi juventud se llamaba médium al intermediario entre los descarnados y los hombres vivientes, pero en nuestros días se habla de “canalización”, para designar este fenómeno. El doctor Frank Royce, profesor de psiquiatría de la Universidad de *** y fervoroso discípulo de Freud, después de registrar los datos más importantes recogidos durante treinta años en sus sesiones con los pacientes, cayó en la curiosidad de mantener comunicación con su antiguo maestro, ya difunto, para conocer su situación en el otro mundo.   

     Para satisfacer esta curiosidad no tenía otro camino que recurrir a un intermediario        especialista y el más acreditado que encontró fue madame Alexandra, afamada por su poder para invocar espíritus. Atendía en su casa los días domingos a grupos de seis personas, y los miércoles en forma individual a clientes selectos, al doble de precio. El doctor Royce aceptó las condiciones de pago y dos semanas después estaba sentado frente a Alexandra. La médium o canalizadora le preguntó el nombre del espíritu con el cual quería conversar y el profesor se lo dio: Sigmund Freud.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                     

-¿Habla español ese señor?  Porque si no habla ese idioma no puedo hacerlo venir.

     - No se preocupe, señora. Usted tráigalo que yo me entenderé con él.

     Alexandra cerró los ojos, puso las dos manos sobre la mesa, masculló unas palabras incomprensibles y a los pocos instantes se irguió y dijo al visitante:

     - Su espíritu está presente. Háblele mentalmente y yo iré transmitiéndole sus pensamientos.

     El diálogo entre viviente y descarnado se desarrolló al parecer sin inconvenientes.

     - Maestro, ¿dónde se encuentra usted?

     - Realmente no lo sé. Estoy rodeado de una especie de niebla o humo.

    - ¿Hace frío o calor en ese lugar?

    - Tampoco lo sé, más bien diría que ni una cosa ni la otra..

    - Pero ¿está de pie o sentado?

    - Yo diría que flotando, pero no puedo asegurarlo. 

    - ¿Y recuerda o no cosas de este mundo que dejó? ¿Me recuerda a mí?

    - Ahora que me lo pregunta, sí. Usted es el profesor Frank Royce. Nos conocimos en una conferencia del Instituto Metafísico Internacional. Tenía un bigotito recortado, usaba levita negra y pantalones a rayas, tomaba agua tibia cuando tenía sed y se rascaba la barbilla.

   - ¿ Recuerda al profesor Sigmund Freud ?

   -   No, cada día que pasa recuerdo menos cosas.

   - ¡Qué raro! Usted era Freud en este mundo. Su cuerpo está sepultado aquí, y de vez en cuando sus discípulos llevamos flores a su tumba.  Pero dejemos aparte los recuerdos. ¿Qué cosas ve? ¿Fogatas, algún astro, un jardín con flores y mujeres hermosas, una montana alta, una isla en medio de un lago?

   - No veo nada.

   - ¿Escucha algo, voces, ruidos, cantos, llantos u otra cosa?

   - No. Hay un silencio absoluto.

   - ¿Siente algo, sed, hambre, sueño, cansancio, calor, frío?

   - No, aquí no se come ni se bebe ni se sienten esas cosas.

   - ¿No vio algunas personas como Newton, Descartes, Voltaire, Marx, o algún profeta, apóstol, santo? Ésas ya murieron y deben de estar por ahí.

   - Quizás estén, pero yo no las veo.

     -Está bien, maestro. Si usted lo dice, yo lo creo. Pero no siente culpa, arrepentimiento, deseo u otra cosa?

 - Sí, miedo.

 - ¿ Miedo de qué?

 - No lo sé, sólo miedo.

      - Llegado a este punto, el profesor Royce creyó razonable dejar el diálogo hasta una próxima sesión y así lo hizo saber a su entrevistado:

 - Bueno, maestro, lo dejo por hoy. Muchas gracias por venir. Nos veremos.

     El profesor Royce dio por concluida la sesión, se levantó de su asiento, pagó los honorarios convenidos a la médium Alexandra, y al despedirse le dijo:                                                                                                             

     - ¿Podríamos repetir esta sesión la próxima semana?

     - Por supuesto, tratándose de usted, pero no le aseguro que ese doctor Freud venga.

     - ¿Por qué lo dice?

     - Porque viene cuando puede, cuando quiere o cuando  lo dejan –fue su respuesta.

     - ¿Cuándo lo deja quién?

     - No podría decírselo, a tanto no llega mi  poder.

IGUALES Y MENOS IGUALES

IGUALES Y MENOS IGUALES

    

     Cuando se escriba una enciclopedia más completa de los falsos razonamientos en que ha incurrido el hombre  a través de la historia, seguramente se tendrán que agregar a los clásicos algunos surgidos modernamente. Uno de los más curiosos es el referido a la igualdad. Vulgarmente se enuncia así: “Todos somos iguales.” Algunas personas lo toman como verdad absoluta y lo defienden a capa y espada, convencidos de que la declaración universal de los derechos humanos es una verdad tan absoluta que no admite discusión alguna, sin considerar que nada de lo que hace el hombre es absoluto.

     Nadie en uso de sana razón lo negaría, aunque no sabemos qué pensaría el ginecólogo al encontrarse con un recién nacido rubio y otro de piel oscura, uno con tres kilos de peso y otro con dos. Lo más cierto que podría comprobar es que ninguno viene al mundo con una corona de oro en la cabeza y otro sin nada.

     ¿En qué es igual un perro a otro perro?  Un filósofo francés del siglo XVIII se preguntaba en qué se parece un caballo a otro caballo. La respuesta en nuestro tiempo sería que somos iguales en el derecho natural a la vida, iguales en los derechos humanos a la libertad y al pensamiento, iguales en el derecho cívico de elegir y ser elegido. El problema se plantea cuando se debe establecer dónde comienza y dónde termina cada derecho. ¿Tiene igual derecho el maestro que el alumno, el director técnico que el deportista de un equipo?

     Imaginemos un hipotético diálogo entre un sabio y un ignorante.

     Ignorante: Los dos somos iguales.

     Sabio: ¿En qué?

- En todo, los dos somos seres humanos.

     - ¿Sabes entonces cómo sacar la raíz cuadrada de un número?

     - No.

     - Yo sí.

     - ¿Sabes a cuánta distancia se encuentra del Sol el planeta Saturno?

     - No.    

     - Yo sí, a 1.427.000 kilómetros.

     - ¿Has leído el Quijote de Cervantes?

     - No, ni me interesa leerlo.

     - Yo llevo ocho años leyendo el libro y sus comentaristas.  

     - ¿Qué otra lengua hablas además del castellano?

     - Ninguna.

     - Yo en cambio leo y escribo el francés, el italiano y el inglés; leo el griego y el latín, y tengo nociones del alemán y del portugués.

     - ¿Cuánto mides de estatura? Yo mido 1,67 m.

     - Yo 1, 82 m.

     - ¿Cuál oficio te gustaría tener?

     - Jugador de fútbol o presidente de un país.

     -  Yo, en cambio, me conformo con lo que soy, es decir, un anónimo más, así no me envidian y no me molestan.

    - ¿Te gusta insultar a la gente?

    - Cuando se me adelantan en las carreteras los insulto a los gritos.

    - ¿En qué lugar te gustaría vivir y por qué?

    - En Miami, porque puedes fumar marihuana en tu casa.

    - A mí me basta con mi pueblo de nacimiento, precisamente porque están prohibidos los estupefacientes.

     - ¿Estás satisfecho con ser varón  o preferirías haber nacido mujer?

     - Realmente no lo sé. No me molesta ser lo que soy. Por favor, no más preguntas. Al fin de cuentas, ¿somos o no somos iguales?

     - Sí, somos iguales en lo que no somos desiguales.

VERIFICAR A DIOS

VERIFICAR A DIOS

 

     Simplicio se llama el protagonista de esta aventura. Sólo aceptaba como verdad lo que personalmente él hubiera podido comprobar. Esta ingenuidad existió hasta donde se sabe en todo tiempo, pero un rastreo histórico nos llevaría muy lejos en tiempo y espacio y podría insumirnos quizás años, que no estamos dispuestos a malgastar.

     Un día, nuestro héroe tuvo una súbita inspiración o aparición –no se sabe con precisión qué fue-, pero el caso es que su requerimiento llegó a conocimiento del Creador.

    - Necesito verificar tu existencia para estar seguro y creer –dijo al interlocutor.

    - De acuerdo –le contestó-, ven a verme, estoy detrás de la última estrella.

    - No puedo, necesitaría viajar millones de años.

    - Entonces no soy yo quien no se quiere mostrar, sino tú que no puedes venir a verme. Lo siento, pero la culpa no es mía.

    - ¿Qué hago entonces?

    - Puedes sentirme o pensarme, lo que tú prefieras.

    - Pero yo siento lo que siento y no lo que quiero. Me queda entonces pensarte.

    - Entonces piénsame.

    - Para pensar que algo o alguien es Dios, o lo pienso como el creador del mundo, o como la suma de todas las perfecciones imaginables, o como la mayor cosa que pudiera pensarse, o como una persona que se creó a sí misma, porque si necesitara de otro ser que lo creara, no sería propiamente un dios sino un ser creado nada más.

     - Hasta aquí vas bien. ¿Qué eliges?

     - No lo sé, estoy confundido. Dame una ayuda.

     - Te ayudaré con un caso. Un hijo mío llamado Agustín de Hipona, un africano que llegó a la santidad, tuvo hace unos quinientos años esta misma duda, y la resolvió con este razonamiento: “Cuando no lo pienso lo entiendo, cuando lo pienso, no”.

AGUA SECA

AGUA SECA

     Si alguna persona no tiene a mano su diccionario le ahorraré el trabajo de buscarlo anticipándole que una paradoja es un pensamiento contrario o distinto de la opinión habitual que no puede explicarse razonablemente. Por ejemplo si a un montón de granos se le quita un grano queda naturalmente un montón. Pero siguiendo sucesivamente así cuando quedan únicamente dos granos o uno sólo, ¿son también un montón? Otra paradoja es la del barbero: si es obligatorio que todos los integrantes de un pueblo estén afeitados y hay un solo barbero, ¿quién lo afeitará a él?

     A mí se me ha ocurrido otra, la del agua seca, que puede formularse así: si una vasija de agua se traspasa gota a gota a una tela para mojarla, ¿cuándo se traspasa la última gota queda o no agua en la vasija? Para ser lógico en el razonamiento, yo digo que sí, y esa agua que queda la denomino “agua seca.” 

     Muchos dirán que esta conclusión es absolutamente  absurda, y yo estoy de acuerdo. Pero también tengo advertido que aportaría una paradoja y no otra cosa. Si en la realidad no es posible encontrar agua seca porque está en la naturaleza del agua el ser mojada, en lógica la deducción es correcta porque si agua menos gota da gota,  después de la última gota tiene que seguir existiendo otra gota, que no tiene otra posibilidad que ser seca.

LAS DIEZ PLAGAS

LAS DIEZ PLAGAS

 

            Al rabino Simón Ben Mazeh no lo conformaba del todo el relato del cautiverio de los hebreos en Egipto. La suya no era una duda heterodoxa puesto que era varón de aquilatada fe. Para demostrarlo estaba el ejemplo de su vida, espejo de virtudes personales, y una firme vocación consagrada al estudio del Talmud. Su proverbial erudición era respetada en los más renombrados centros del hebraísmo, en Europa y en América, y estaba afirmada por los ochenta y seis opúsculos que llevaba escritos y las trescientas ocho conferencias en las que su voz se había escuchado.

            ¿Por qué razón el dios Yavé había desatado diez plagas contra los egipcios para forzar al Faraón a liberar al pueblo hebreo que tenía esclavizado en su dominio? Los había acosado con invasiones de molestos animalejos, ranas, mosquitos, tábanos y langostas, sin que el tirano se amedrentara. Tampoco habían bastado para persuadirlo las pestes y pústulas que había hecho incubar en los cuerpos.

            No conmovieron la obstinación del gobernante ni siquiera las catástrofes naturales, aun siendo inauditas  y espantosas: las aguas del Nilo convertidas en sangre, las luces del día transmutadas en tinieblas, las lluvias de granizo mezcladas con fuego.

            Sólo con el décimo castigo consiguió reducir al empecinado. En una noche hizo morir Yavé a todos los primogénitos del país, desde el vástago del propio Faraón hasta el último preso de la cárcel.

            En sus estudios Simon Ben Mazeh había llegado a la duda sobre los motivos secretos del Faraón para persistir en tan terca decisión, si bien consideraba como posible la  voluntad de mantener a los hebreos como esclavos para disponer de mano de obra gratuita en su territorio. Lo que no alcanzaba a explicarse era la paciencia de Yavé, que había esperado hasta la última instancia para enviarle la prueba definitiva, sabiendo en su infinita sabiduría que un tirano se doblega únicamente ante la presencia de la muerte.

          Esto ocurrió hace unos tres mil quinientos años. Del Faraón no se tienen noticias.

NO PASAR: PROPIEDAD DE DIOS

NO PASAR: PROPIEDAD DE DIOS

     Si todo autor o creador es por derecho el propietario de su obra, se deduce que Dios, el creador del universo, es el dueño de su obra. En consecuencia, ninguna persona puede usurparla ni entrar en ella sin su permiso. No decimos destruirla porque le sería imposible a un ser humano hacerlo, ni siquiera parcialmente.

     -Pero nadie puede demostrarme que Dios ha creado el universo –sostenía un incrédulo-. En consecuencia, si yo mato a un ciervo o incendio un bosque, ningún juez podrá acusarme de haber destruido una propiedad de Dios, como tampoco podría hacerlo si derrito el Polo Sur, porque hasta el presente no tiene propietario.      

     - Pero si a alguna nación se le ocurriera ocuparla militarmente, podrían reclamarle el daño producido.

     - Podrían, pero continuaría siendo un daño a un país determinado, y no a un propietario divino.

     - No entiendo su argumento, ¿me podría explicar qué quiere decir?

     - ¿Qué quiero decir? Lo que ha escuchado: que destruir la naturaleza no es un delito. Ni siquiera en los mandamientos cristianos existe esa prohibición.

     - Se equivoca, mi amigo. En el Antiguo Testamento está explícitamente expresado  que el hombre podrá dominar y servirse del universo, los peces del mar, las aves del cielo, los animales que se mueven sobre la superficie de la tierra, toda planta sementífera y todo árbol, con el propósito de alimentarse.

     - Bueno, pero si puedo destruir toda plata y animal viviente para alimentarme, también puedo tener el derecho a incendiar un bosque o inundar un valle.

     - No lo tiene, porque no son alimentos. Y sin ánimo de convencerlo, le agrego que ni en ese caso, usted no puede destruir nada en el universo. Haga la prueba, queme o inunde lo que quiera, y dígame si lo ha destruido o simplemente le ha cambiado la forma. Destruya las cenizas o haga desaparecer el valle debajo de las aguas y entonces le diré que tiene razón. 

PRÓXIMO DOMINGO FIN DEL MUNDO: NO HABRÁ FUTBOL

PRÓXIMO DOMINGO FIN DEL MUNDO: NO HABRÁ FUTBOL

                                    La noticia apareció en la primera página de El Heraldo del Río de la Plata, sin mencionar la fuente del aviso, en tipografía catastrófica. En menos de una hora el anuncio se difundió por Internet a todo el mundo y en cada país la reacción se interpretó conforme a la mentalidad colectiva, y dentro de esa mentalidad colectiva conforme a cada grupo de interés, y dentro de cada grupo de interés conforme a los principios compartidos y dentro de cada grupo compartido conforme a la mentalidad personal de cada individuo.

     En el Tibet y Nepal, países budistas creyentes en la reencarnación, la preocupación fue mínima, casi nula, puesto que si eso sucediera, los seres humanos renacerían reencarnados en su perpetua peregrinación de cuerpo en cuerpo. Los monjes continuaron inmutables con sus oraciones como si tal cosa. En los Estados Unidos, los afiliados a la New Age, sin religión oficial, se dividieron en incontables números de sectas, unas incrédulas de la catástrofe, otras felices con el advenimiento de un nuevo tiempo y otras confiadas en la próxima aparición del Mesías.

     En varios países aislados, sin conexión entre sí, grupos familiares, de vecinos o amigos, se retiraron despavoridos a las montañas, quizás influidos instintivamente por la idea de que estando más arriba podrían escapar de las inundaciones, el fuego, las explosiones o el choque de meteoros con la tierra, que de suceder, sucedería a nivel del suelo.  A nadie se le ocurrió esconderse en una cueva, porque en tal eventualidad sucumbirían enterrados. Lo más razonable era que la salvación estuviera en las alturas, más cerca de Dios, que en las profundidades, sede de Satanás. Es posible que algunos lectores de la Biblia, aleccionados por el Libro, supieran lo que le sucedió a Sodoma y Gomorra, desaparecidas por castigo divino con fuego proveniente de los aires, y tampoco puede descartarse la posibilidad de que entre esos lectores hubiera quienes se inspiraron en el Diluvio y pensaran en una arca que les permitiría flotar sobre las aguas hasta que pasara la catástrofe. Sabían ciertamente que en ambas calamidades Dios había advertido a algunos justos para que se pusieran a salvo, a Lot en Sodoma y a Noé  en la región del Éufrates y el Tigris, pero en la desesperación, era preferible hacer algo que no hacer nada.

     A Lot y sus familiares, lo mismo que a Noé y su familia, los salvó la confianza en la palabra divina, pero los lectores de El Heraldo no tenían iguales motivos para pensar que el director del diario fuera un mensajero divino. En su incredulidad, esperaron que la Iglesia confirmara o corrigiera el anuncio, pero de un día para otro no había tiempo suficiente para que llegara ese pronunciamiento. No faltó, sin embargo, un catequista que corrió en busca de los textos bíblicos y repasó sus páginas. Se reencontró con el versículo que decía: “No volverá a ser exterminada carne alguna por las aguas del diluvio, ni habrá otra vez diluvio que vuelva a asolar la tierra.”        

     En un país sudamericano con costas sobre el Atlántico y fronteras con los Andes, los atribulados habitantes hallaron un motivo de tranquilidad y se entregaron a sus habituales preocupaciones. El encuentro clásico de fútbol ente los clubes Boca Juniors y River Plate por la definición del campeonato había sido suspendido hasta nuevo aviso por las autoridades como medida precautoria, y tal noticia excitó los ánimos de los partidarios a tal extremo, que incendiaron la sede del diario y dieron muerte a su director.

     - Menos mal –comentó un futbolista el lunes siguiente-, en vez de todos los hombres del mundo se murió uno sólo.

-          Y eso le pasó por incrédulo. ¿Cómo se le ocurrió pensar que el Creador iba a dejar de ver el partido? ¿No sabía acaso que Dios es argentino?